LA HERENCIA SAGRADA DE LOS ANDES En lo alto de la Cordillera Blanca peruana, existe todavía una fiesta que se remonta hasta antes de la llegada de los españoles y que permite una mirada íntima a una cultura que resiste intacta el paso del tiempo. Cuando los españoles llegaron a los Andes peruanos en la época de la conquista, se sorprendieron con lo que se encontraron. Un imperio inca altamente organizado y complejo que cubría gran parte del continente, una sofisticada arquitectura en piedra, y quizás lo más desconcertante para ellos, una espiritualidad que consideraba a la naturaleza y sus elementos como sagrados. Allí se veneraban montañas, ríos y piedras (huancas, que son piedras agradas), y se les pedía mediante rituales por protección y buenas cosechas. Así hasta que los colonos fueron de a poco sustituyendo a la huanca por la cruz cristiana como nuevo símbolo de reverencia; donde antes hubo huancas, luego se levantaron las cruces. Hoy por hoy, y luego de siglos de sincretismo, la cruz ha mantenido su lugar como elemento de veneración. El objeto cambió, pero los rituales siguen siendo los mismos. Y existen localidades en el Perú andino que una vez al año deciden homenajear este símbolo cristiano. En plena Cordillera Blanca, en Chavín de Huántar y Huaraz, Departamento de Áncash, comunidades enteras se reúnen para celebrar la tradicional Fiesta de la Cruz Andina, una festividad que lleva siglos ocurriendo y que permite asomarse a una cultura que parece haberse detenido en el tiempo. Son cuatro días en que se venera a la cruz cristiana, que en estas zonas de los Andes también representa protección, fertilidad de la tierra y vínculo con las montañas sagradas. Días de fiesta que combinan misticismo, bailes, música y por sobre todo, alcohol. La fiesta se organiza así desde hace años. Cada poblado tiene sus propias cruces, que adornan con flores, telas bordadas y ofrendas. Una vez listas, comienzan a llegar desde distintos rincones de la sierra hasta la plaza e iglesia principal, donde el sacerdote oficia una misa para bendecir cada una de ellas. Luego comienza un recorrido por toda la ciudad, pasando por casas, comercios e incluso el cementerio, donde sigue la fiesta. Las procesiones pueden durar varias horas y cada descanso en el camino es motivo para seguir con la música, el alcohol y el baile. Finalmente, las cruces son llevadas hasta la cima del cerro y se instalan en lo alto para que custodien al pueblo, hasta que sean reemplazadas al año siguiente. Cada versión de la Fiesta de la Cruz Andina es organizada y financiada por una persona o un grupo familiar, a quienes se les conoce como mayordomos. Son los encargados de cubrir los gastos de la celebración, contratar las bandas de música y preparar la comida y bebida de todos los participantes. Ser mayordomo te posiciona en un sitio de prestigio social y a veces se asume como promesa o devoción. El anfitrión de este año, en el pueblito de Macashca, es un joven hijo de una familia acomodada que no supera los 20 años. A modo de agradecimiento, vecinos le cuelgan billetes en su ropa, que él agradece con timidez. Le regalan telas, ropa y mucha cerveza, que se terminarán tomando ese mismo día en medio de los bailes. Él se va temprano, pero la fiesta durará hasta la madrugada del día siguiente. Pero el último día de fiesta es el más impactante. Es el “martes de guerra” en Huaraz. Si los días previos la gente se lanzaba agua y harina, acá se agrega aceite, tierra y mucha pintura. Los comercios cierran y se cubren de plástico, la policía corta las calles y se desata una verdadera guerra campal en todos los rincones de la ciudad, donde todo está permitido, salvo, ensuciar a los abuelos o a las cholitas, que se pasean inmaculadas entre el caos. Los extranjeros (o gringos como llaman a todos) son los que corren mayor peligro. La fiesta se corona con una gran ‘yunza’ en la noche: la tala de un árbol lleno de ofrendas para celebrar la fertilidad y la abundancia. El árbol representa simbólicamente la vida, la naturaleza y la fertilidad de la tierra. Al caer y repartir sus frutos simbólicos (los regalos), se celebra la abundancia que la comunidad espera recibir. La Fiesta de las Cruces termina y vuelve la paz, el silencio y la tranquilidad a la zona. Pueblos que a más de 3.400 metros de altura mantienen sus tradiciones, su idioma y costumbres, trabajando la tierra y el ganado y que asombran por la belleza de su sencillez. Este viaje se enmarcó dentro de una residencia de fotografía documental organizada por Puttutu expediciones y que contó con el premiado fotógrafo chileno Tomás Munita como tutor. Una zona que merece la pena recorrer y una cultura que sirve de testimonio vivo de los más tempranos tiempos de la civilización en América. Recuadro Más que las cruces Chavín de Huántar, aunque desconocido en la ruta del turista, posee un tesoro arqueológico que ha sobrevivido más de tres mil años. Perteneciente a la cultura Chavín, el Sitio Arqueológico de Chavín fue un enigmático y poderoso santuario religioso donde la gente, en largas peregrinaciones, llegaba buscando una transformación espiritual. Su red de galerías subterráneas le daba al lugar un poder acústico, que, combinado con música, humo y plantas, se encargaban de la sanación (transformación a través del conocimiento) del espíritu. En 1985 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por Unesco, el tercero en el país luego de Machu Picchu y la ciudad de Cuzco. En su interior, en una galería subterránea, hay un monolito de 4,5 metros de altura llamado el Lanzón, que representa una divinidad híbrida, mezcla (tres animales el felino, la serpiente y un ave, los tres mundos, y representa la transformación) de humano y animal. Las residencias de fotografía documental son 2 veces al años, febrero y septiembre, organizadas por Puttutu Expediciones